
Alicia miró el reloj, esbozó un saludo triste y se fue. Atrás habían quedado los hijos y nietos con sus ojos clavados en la memoria, las horas que dedicó a educarlos, el sol dorado que disfrutó hasta ayer nomás, las mañanas de diario y mate, los enfados familiares y el abrazo que supo transmitir de generación en generación sin dejar escapar una sola gota de cariño con el paso de los años, que parecían agigantar cada vez más un corazón enorme.
Atrás quedaba tambien la imagen del hombre que la amó y dedicó su vida entera a esa convicción. Parado en su desdicha, sostenido solamente por su recato y figura, abrumado por una vida a la que le había encontrado por primera vez una curva en muchos años y que se sentó en una silla para preguntarse sinceramente un ingrato “¿y ahora que?”.
Alicia no volvió jamás. Creyó que todo lo había echo y acaso tal vez así hubiera sido. Emigró sin dar derecho a réplica a quienes deseábamos preguntarle porqué nos había enseñado a pelear para finalmente bajar la guardia sin siquiera ensayar un golpe final en su encrucijada.
Eligió caminar lejos, abrazarse al viento que devuelve sus recuerdos cada tanto, convertirse en melancolía y regar con su presencia invisible el sello de su vida.
Se fue sin dar explicaciones, se fue sin atenuantes. Desafió al tiempo y decidió que las despedidas debían dejarse para otro momento, sin tener conciencia de que ese momento no llegaría jamás y nos dejó –otra vez- con el reproche en la boca, el mismo que nos hacía callar cuando aún estaba y que sabía prohibir con el mismo amor con el que tejía nuestros abrigos y cocinaba nuestra sopa en los inviernos.
Hubiéramos querido decirle muchas cosas pero no pudo ser. Ahora solo nos queda leerle esta carta al viento, a ver si él se la puede llevar como cuando nos devuelve sus recuerdos cada tanto.