sábado, 6 de junio de 2009

La felicidad de los ingenuos


El perro huele el aire y sabe muy bien lo que va a pasar. La lluvia copiosa amainó y la humedad la siente en el crujir de los huesos viejos pero no por eso menos sabios.
Mientras todos descansan el perro levanta el pescuezo y observa mas allá del horizonte. La ciudad está resquebrajada por la guerra. Las balas marcadas en los muros de piedra, agujereadas ventanas y puertas, flores azules y rosas marchitas de pólvora, cenizas en el piso y el aire de desolación que solo él entre tantos humanos ingenuos puede reconocer.
Sobre una piedra de la iglesia en ruinas el perro planea los pasos a seguir, mientras los tontos festejan la paz, acaso mas una expresión de deseo, un sueño desesperado.
El ojo clavado en el centro del camino de piedra, mirada expectante y áspera, orejas alertas cual radares de inteligencia, el diente guardado, sagaz, listo.
El perro espera.
Un instante de luz, una ráfaga de plomo a lo lejos y él ya lo advirtió. Entonces vuelve al camino, esquiva bultos inoperantes y corre al refugio a la espera del desastre.
Y el desastre llega.
Y llega el enemigo.
Y hay corridas, llanto, ruidos de máquinas asesinas, sangre fresca en las paredes descoloridas, alegría que torna en angustia y un resplandor plateado termina con todo aquello, destruyendo hasta el alma más miserable que encuentra en el camino.

Y todo acaba.

Luego de unas horas el silencio envuelve la ciudad que es solo recuerdo.
El perro arremolinado en si mismo asoma el hocico y empina las orejas.
Solo el viento escucha cerca.
Se levanta y sacude el polvo que los infelices incrédulos festejaban hasta recién y encara la salida del refugio con normalidad.
Recién ahí, estira las patas y camina en busca de alimento.